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A 447 años de la fundación de la ciudad de Córdoba

por Gabriela Monqaut

A orillas del río Suquía, Jerónimo Luis de Cabrera desenvainó su espada y sableó las ramas de un sauce, mientras el sacerdote Francisco Pérez sostenía la cruz de madera y bendecía el sitio. El escribano del Rey, Francisco de Torres, labró el acta donde hizo constar la fundación de Córdoba de la Nueva Andalucía.

Así describe el escritor Esteban Dómina aquella escena fundacional, de la que se conmemoran 447 años el lunes (6.7.20). Cabrera llegó a estas tierras al mando de un centenar de hombres, después de haber sido designado por el virrey Francisco de Toledo gobernador de las provincias de Tucumán, Juríes y Diaguitas.

Dómina apunta que Don Jerónimo se había trasladado desde el virreinato del Perú a Santiago del Estero. En lugar de quedarse allí a gobernar y cumplir con el mandato real que las autoridades le habían encomendado, decidió seguir hacia el sur, hasta llegar a orillas del río Suquía.

El acta fundacional del 6 de julio de 1573 -documento que aún se conserva- consignó: “En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios verdadero y en el asiento que en la lengua originaria se llama Quisquisacate, en presencia del escribano de su majestad, Francisco de Torres, su secretario y testigos se funda esta nueva ciudad, en este asiento cerca del río que los indios llaman de Suquia”.

Los originarios de esta tierra

Para Dómina, la llegada de la expedición debió sorprender a los habitantes de estas tierras. Los comechingones eran cazadores y recolectores, que se dedicaban a algunos cultivos artesanales. Vivían en cavernas o cuevas en las sierras y en viviendas semi enterradas en el llano.

El autor dice que no hubo enfrentamiento, como sí en muchos otros lugares, donde corrió sangre cuando llegaron los conquistadores. Don Jerónimo, quien según Domina tenía una actitud abierta hacia los nativos, había decido que la fundación tuviera lugar en la banda norte del río Suquía, lugar donde actualmente está emplazado barrio Yapeyú.

De inmediato, los españoles levantaron un fuerte, con algunas viviendas precarias, a la espera de que llegaran sus familias y mujeres, entre las que se contaban doña Luisa Martel de los Ríos, la esposa de Cabrera, que llegó con sus hijos.

Tras la fundación, Don Jerónimo procuró la creación de un puerto que permitiera conectar a la región con el océano Atlántico, para ir por vía marítima a España, sin pasar por Perú. Llegó a orillas del Paraná y fundó el puerto de San Luis de Córdoba, en el desaparecido fuerte Sancti Spiritus, primer asentamiento en el actual territorio argentino fundado por Sebastián Gaboto, según detalló Dómina.

A su regreso a Córdoba, Cabrera se encontró con que el rey de España, Felipe II, había designado en su reemplazo como gobernador de Tucumán a Gonzalo Abreu de Figueroa.

Dómina describe a Abreu de Figuera como un sujeto de mal talante, que tenía diferencias personales con Cabrera a raíz de cuestiones familiares. El flamante gobernador despachó a un capitán a Córdoba, con la misión de destituir y tomar prisionero a Cabrera, confiscando sus bienes y llevándolo preso por el cargo de usurpación y traición al Rey. Era el precio que pagó por su desobediencia.

Don Jerónimo sufrió la cárcel y mediante un juicio sumario fue condenado y ejecutado con el garrote vil, un método destinado a los peores reos, narra el escritor.

Doña Luisa Martel inició un camino para recobrar el buen nombre y honor de su marido. La viuda hizo todas las gestiones a su alcance hasta conseguir que el rey Felipe II devolviera el buen nombre y honor a Cabrera.

Así, la ciudad creció sin su fundador y se trasladó, como él había decidido, a la orilla vecina. Su segundo, Lorenzo Suárez de Figueroa, en un plano de 70 manzanas, dispuso la ubicación de la plaza principal, la iglesia mayor, el cabildo y las casas de los principales vecinos.

Aquella aldea se convirtió en la magnífica y enorme ciudad de hoy, apunta Dómina. La presencia del momento fundacional permanece viva porque el linaje de los pueblos originarios corre en la sangre de muchos cordobeses por descendencia o mestizaje; lo mismo que el linaje de aquellos primeros españoles.

En la Plazoleta del Fundador (foto) se encuentra la escultura de Don Jerónimo como símbolo de esa memoria colectiva, de ese un vínculo de afecto y de cercanía de los cordobeses con su fundador.

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